El Neem: un insecticida fabricado por la naturaleza

 

Ningún laboratorio del mundo ha logrado fabricar un insecticida tan selectivo, tan original y tan respetuoso de la vida como el que se esconde en los amarillos frutos del árbol del Neem.

 

Cuando la revolución verde, con sus agresivos y cortoplacistas métodos de producción agrícola se extendió por todo el ancho mundo, se tenía un muy mal concepto de los insectos. Los campesinos, que diariamente trabajan la tierra con sus propias manos, sabían que no todos los insectos son perjudiciales.

Realmente, casi ninguno lo es: apenas el 5% de los insectos son dañinos para las plantas y las destruyen, comiéndoselas. Los demás, les son beneficiosos o son inocuos. A la larga, todos los insectos - aun esos dañinos - resultan beneficiosos cuando mueren, porque fertilizan la tierra en la que caen.

 

 

Pero los técnicos, que todo lo que sabían del campo lo habían aprendido en bibliotecas, laboratorios o parcelas experimentales, impusieron sus criterios. Y la Revolución Verde avanzó, acompañada de ingentes volúmenes de insecticidas, pesticidas y plaguicidas, los que a pesar de sus dañinos venenos, son hasta el día de hoy un suculento negocio para 10 transnacionales químicas.

 

Más veneno, más destrucción, más veneno (productos químicos)

 

Los insecticidas químicos son una calamidad en varios sentidos. Reducen las poblaciones de insectos - todos, dañinos o no - de forma drástica. Los que resisten sus efectos - por alguna razón, sólo ese 5% de los dañinos logran desarrollar resistencia a los químicos - se tornan más fuertes, más voraces y sin competidores, se multiplican muy por encima de lo que es normal en su especie. Años y años de uso indiscriminado de químicos han creado un fuerte círculo vicioso: los insecticidas tienen que tener venenos más y más concentrados - más destructivos - para superar las resistencias de las plagas y éstas, a su vez se adaptan, resisten más y se vuelven también más destructivas.

 

Es evidente que la agricultura necesita de mecanismos para controlar los insectos dañinos. Lo bueno sería un insecticida selectivo: que sólo afectase a los insectos que se comen los cultivos. Mejor aún sería que ese insecticida los afectase de tal forma que no hicieran daño a los cultivos, pero que pudiesen permanecer en ellos para abonar la tierra después de muertos. Y el colmo de la perfección sería que ese insecticida fuese inofensivo para el ser humano, para los animales domésticos, para las plantas y sus frutos, para el aire y el agua.

Ningún laboratorio lo ha logrado. Pero la Naturaleza sí ha creado para beneficio del ser humano, que tan mal la trata, un árbol del que puede obtenerse un insecticida que cumple todas estas tareas sin causar ningún inconveniente

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